Ella cortó con su sombra el dorado rayo de luz que caía sobre mi rostro, el tiempo se detuvo. Resaltaba su contorno iluminado a contraluz en el resto del obscuro interior de la cabaña. Su nombre era Ángela, y la recuerdo con tal intensidad que aún percibo su roce, el dulce y cálido olor de su aliento en mi faz aquel frío día de otoño junto al lago.
Mi vida es como tantas, vine al mundo, crecí, he hecho y deshecho y al final como cada hombre miro al pasado recordando mi trayecto, a reír con las penas simples que me agobiaron, y anhelar con profunda nostalgia esos amores que le dieron significado a mi vida.
Hay recuerdos que son tatuajes en mi alma, y que al final de los tiempos abrazaré contra mi pecho, cerrando los ojos agradecido por la consciencia de ser y estar, mientras me integro al infinito.
Una mirada al mundo ordinario, a través de mi. Sigue siendo ordinario, sin embargo único.
sábado, 17 de noviembre de 2012
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