-Cásate conmigo- susurro- mi mente hizo mil cosas en un tiempo nulo, sin duda pocas personas tienen respuesta a una pregunta como esa, la miré expectante, tierna, inmersa, con su mirada fija en la mía, dejando el mundo entero fuera de nuestro universo, en una pieza. Los autos, las aves, la gente, ajeno y contextual.
Era enero de 2035 cuando la conocí, había yo olvidado mi mochila en el asiento posterior del taxi, y me lamentaba de ello al mismo tiempo que recuperaba el aliento tras la larga carrera que emprendí tratando de alcanzar aquel dichoso vehículo por pasillo y calle del aeropuerto internacional de Toluca, estaba helando, caminaba a donde había dejado el resto de mi equipaje, planteando soluciones y recordando detalles de cual era el contenido de aquel pinche bulto, tal vez el número de taxi, o su sitio, si tal vez hubiera hablado un poco con el chofer, de haber tomado el asiento delantero, de haber dormido mejor o de haber corrido un poco más rápido; pensando y haciendo pataletas -¡rayos!- exclamé- ¡la cartera de mi hermano!- y así levanté la vista antes de llegar, la miré y por un instante detuve mi andar, solo existía ella y el trecho de reluciente pasillo que nos separaba, con el aliento contenido continué caminando, tenía una diadema negra con detalles en plata, el cabello negro y rizado, que caía a sus hombros, los ojos negros, de mirada profunda y enigmática, poderosa, serena, con un toque de seguridad, enmarcada por una frente alta ligeramente cubierta por su cabello, con el rubor del frío de la mañana, una sonrisa ligera en el carmín de sus labios, vestía un abrigo gris de botones grandes y negros como la bufanda en su pecho, un pantalón sastre y unos hermosos botines, un bolso de mano, y una pequeña maleta sobre la que se apoyaba ligera y elegante, pensaba yo en la suerte, el destino o no se que cosa, -!que fortuna!- pensé- tratando tal vez en vano de disimular. Me detuve frente a ella, y maquiné un saludo de oficina, no sé, es lo que acostumbro decir a mis compañeros, y lo que estabas seguro poder pronunciar sin vacilar -¿hace un buen día verdad?, sinceramente prefiero el clima fresco- lo es, siempre es agradable comenzar con la mañana, mi nombre es Valeria Yunuen - ¡oh! una disculpa mi nombre es Carlos- Mucho gusto - dijo esbozando una sonrisa que aún me hace suspirar - y dígame ¿que fue tan urgente? - preguntó - en ese momento llegó a mente el resto del mundo, cuando me dí cuenta de haber olvidado aquella mochila, salí corriendo, pidiendo de favor el cuidado del resto de mis cosas a la primer humana silueta de mi entorno - contratiempos de verdad inesperados - contesté - lo son todos ¿no es así? - dijo atacándome con su sonrisa una vez más - tiene usted razón, y si es que aún tiene un poco de tiempo, le ruego sea tan amable de aceptar como agradecimiento un café - aún hay una hora, es usted muy amable y desde luego que acepto - extendió su brazo libre mientras yo tomaba torpemente mis maletas, incrédulo de su respuesta.
Una mirada al mundo ordinario, a través de mi. Sigue siendo ordinario, sin embargo único.
sábado, 17 de noviembre de 2012
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